De todas las féminas
la más deseada.
Inventora,
de países maravillosos
para todas las Alicias;
Progenitora,
de ideas grávidas
en una sencilla manzana.
Vos orgullosa
colmada de prosapia.
Llegaste cautelosa,
dibujando la primera sombra.
Inmensa.
Espléndida siesta.
Tu fuente se vuelca
en las lágrimas de los críos
y ahora hombres,
se conceden al deseo de tus
labios,
de besos siesteros,
del amor de la tarde.
Y caminás los párpados
entre la cal y la arena
del albañil que trabaja
en el deseo de otro
¿y su propio deseo?
es caer en tus brazos.
Sos tan irrespetuosa,
si te veo jugar
con esa mujer que no sabe
que a vos se entrega,
y bailás en su cabeza
al compás del tránsito del
colectivo
donde mitigás el cansancio
de todas sus madrugadas.
Nada más exquisito
Que consagrarse a la siesta.
Vos,
Con tu vestido de parra
y margaritas frescas
Me visitás…
Tu perfume de chicharras
que te nombran de siesta,
rescata al campesino
del jornal que lo dejó
molido;
y viajás
hasta el décimo piso
donde duerme la gata.
Siesta querida,
vos te zambullís en sillones,
camas, poltronas y esquinas
donde te sueñan los ojos
de los que más sienten frío.
Y otros que te niegan
el placer de ocuparlos
se hacen los distraídos
en un brunch tardío.
Pero, vos acechás
y yo te pido,
que me dejes nadarte en todas
tus costas
que me arrebates el desaliento
que me salves, tremenda
siesta
que vuelvas a mí
y dejes que te cante.