viernes, 28 de junio de 2019

Dolerte.


Cuando llegué a casa
estabas recostado,
sobre nuestra cama,
hundido entre los pliegues de la almohada
en un profundo silencio líquido
que, asomaba en tus ojos pardos.
Sin preludio, me pediste con palabras rajadas,
desnudo casi limpio de vos,
- que me quede…
Nunca antes había saboreado tus lágrimas,
gotas pequeñas de la fuente donde
jamás habitaron peces de colores.
Perdón,
nunca quise dolerte.

La otra memoria.



Hay senderos con húmedos perfumes,
verdes perfumes de cordillera fría,
de extranjeros pasos y lenguas,
ojos bien abiertos,
de lagos turquesa vestidos por el volcán.
Hay silencio en el bosque muerto,
en la altura de la rama seca al cielo,
hay todo una vida en el liquen que acaricia el radal.
Pero no es eso, también hay, laberintos sin ovillos,
aroma de ñachi compartido.
Hay voces naufragadas,
encarnados lagos de otro pueblo
dueño de los vientos y las bandurrias
que reclaman la tierra de sus nidos.

domingo, 23 de junio de 2019

Abrazo



Me gusta que te recuestes a mi lado
justo antes de servir la cena
esperando juntos, el murmullo de la cacerola.
Me gusta tu intento de ovillito,
tu inmensidad,
buscando el calor de mi derecha.
El hueco de mi hombro
es almohada de tu nuca,
y pienso-¿quién pondrá la mesa?-.
Entonces, me sorprende la sensación
de tu nariz fría, que encuentra el lugar perfecto
justo debajo del lóbulo de mi oreja.
Me da cosquillas, y nos reímos juntos,
ninguno de los dos prendió el fuego de la cocina.
Y nos seguimos riendo.

miércoles, 19 de junio de 2019

Sopa de nona.


La sopa nos esperaba a todos,
servida en la porcelana
en el medio del mesón.
Tenía el aroma de la verdura
entre sus manos de trabajo.
Humeaba en mi idioma.
Me inundaba la boca con su mar.
El ámbar se quebraba,
con los remolinos de queso,
caprichosos de la noche fría.

Componía cansonetas
para  alimentar mi substancia,
liberando mi suspiro de albahaca.
                        Con la próxima cucharada,
                        nada volvía a ser.


martes, 18 de junio de 2019

Placeres.


Llegaste cansado,
te pesaba el bolso con la carga del día.
Me regalaste,
casi contento, dos higos.
Los acomodaste en el cuenco,
con apurado cuidado,
ya casi estaban oscuros,
manchados, violáceos.
Apenas descubrí
la ternura de la carne,
hundiendo mi índice,
sentencié el postre para la cena.
Tantas recetas podría
haber hecho Lala-  pensé.
Yo solo quería
morder el dulzor morado
y sentir el crujir de las semillitas
…eso me encanta
y vos lo sabés.
No sé agradecer
los pequeños placeres que me das,
a veces , solo callo.



El patio.


El patio de tres dibujos,
que suma tres casas de distintos tiempos;
vestido de selva
refugia a toda una prole de bichos bolita.
Carceleros canteros,
de los verdes bajos
y flores chiquitas.
Me acuesto en su siesta sombra
de la parra extranjera,
me vuelvo sarmiento
en el canto desmayado de la chicharra.
Macero el sonido de las palabras
que huyen de la Olivetti de papá
y van a hacer ronda
al balde que enfría la uva.
Y van y vienen los pasos
de colgar sábanas,
de poner las mesas en hilera,
de cortar el pan.
Todos los ojos dan al patio,
cuando llegan las manzanas horneadas
llenas de domingos.
Y van los pasos,
van los míos,
siguiendo a los otros,
dejando atrás el patio de mosaicos rotos.