Cuando llegué a casa
estabas recostado,
sobre nuestra cama,
hundido entre los pliegues de
la almohada
en un profundo silencio
líquido
que, asomaba en tus ojos
pardos.
Sin preludio, me pediste con palabras rajadas,
desnudo casi limpio de vos,
- que me quede…
Nunca antes había saboreado
tus lágrimas,
gotas pequeñas de la fuente
donde
jamás habitaron peces de
colores.
Perdón,
nunca quise dolerte.