En la orilla, en el borde,
entre la temperatura del líquido
y la punzante piedra.
Entre la luz nacida, cansada
que grita
y la verde niebla de la sombra,
no logro atravesar la distancia,
como un camino marchito,
algo que se dejó en la mesa
y se durmió.
Una rama seca se lamenta,
un mármol quebrado,
como el florero vacío pestilente
y el cenicero atiborrado de lágrimas.
No atraviesa el cuerpo,
el tiempo se muere en el aire,
la voz no hace eco en la pared,
como esperar domesticar un curvo.
Saltan los dados desnudos de suerte,
se visten de olvido las macetas rotas
cuando las bocas desaparecen del universo,
y los platos servidos se enfrían
cuando hay olor a brasas gastadas.
Pero, a veces corro la niebla.
Ciega la luna
nadie vela los besos,
como el timbre que nadie atiende
pero, todavía llegan cartas.