Entran frescas tus manos,
de Irlanda redonda,
en la masa inquieta
para envolver el sabor
melancólico, del pan.
Así, esperábamos el mediodía.
Tus ojos de agua,
descansan sobre el mantel,
el movimiento azul
de la distancia.
Tu cuerpo de rapsodia,
se mueve en la blandura de la
tarde,
sobre el tango que sentencia:
…él ya no va a volver…
Se te trepaba la noche,
por el pecho,
un dolor obscuro insolente.
Y las luces cantoras de los
bichos
hacen descansar sus nanas,
en tu almohada, ahora quieta.