Me hacías tanto bien. En cada
abrazo sentía que el aire ya no era mío, la piel era otra. Era solo entregarme
a la seguridad de tu olor que se dormía en el hueco de mi cuello.
Me hacías tanto bien. Algo más
fuerte que yo, me detenía en la respiración profunda, vulnerable al mínimo roce
de tu cuerpo.
No era ni siquiera yo, sino un
creciente agujero negro que todo lo devoraba.
Me hacías tanto bien, me
abandonaba a tu voz con mi nombre, para guardarla siempre, con la intención de
soñarte y llamarte en silencio.
Me hacías tanto bien. En secreto,
en silencio, solo para mí. Nadie más podía entender el dulce ardor y ese vacío lleno de vos en el vientre cuando tus labios se hacían míos.
Me hacías tanto bien. Esperarte y
encontrarte. Mirarte inquieta y callada cuando me mirabas, queriendo besarte los ojos para que no me
olvides.
Me hacías tanto bien. Dejaba que
mi mano se acomodara a la tuya y caminaran juntas. Que tus dedos jugaran a casi
una caricia disimulada, donde había encontrado un lugar que encajaba perfecto
para quedarme…
Me hacías tanto bien que solo me
queda negarte.
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