Me quiebra
la mañana,
el pecho, pesado,
donde viven
las piedras
que no
acarició el agua.
Aprieta la
ausencia
el nervio de
mi hombro
que no carga
recuerdos.
Camina
serpenteante
mi abdomen sobre
el tuyo
desmontando
nocturnos,
cristales
rotos de mi cielo.
El pecho,
amplio,
donde viven
las ranas
que no
callan su canto,
dibujan
palabras, lápices sonoros
que
acompañan el coro de batracios,
hunden mi
pecho en un charco,
donde todos
las manos se enjuagan,
traga un
universo de espejos.
Dibujo
palabras mínimas,
bichos
bolitas amenazados,
que no saben
volar.
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