Es un día descansado
adormecido en el agua,
agua de acequia fresca lava
mis cienes.
La realidad me transita los
ojos
la edad que las manos ni las
lámparas detienen,
mis monstruos crecen de lo
conocido,
de un penoso sepulcro que las
algas marchitan.
Un interminable compás
desafinado
de parloteos desvencijados
como recuerdos del mar,
poseyendo la duración del
instante, de huellas borrosas
que no mordisquean las olas.
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