Casualmente, ibas con tu
derecha
al bolsillo oculto
de tu bolso inquieto.
Sacabas la cajita oscura,
cigarrillos mentolados de
diez.
En tu casa, estaba prohibido
fumar.
Morosa, tu blanda mano
llevaba el vicio a tus
labios,
prendías el fuego.
Suspendida,
en la conversación con los
otros,
tu boca hacía arder un
silencio.
Encontrabas mi mirada,
a la vista de los otros
hacías la entrega
de tu obsceno cigarrillo.
Mis labios recibían la
ofrenda,
cómplices, transgresores,
de un secreto.
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