Estrujaste la frente de
gaviotas
estrellando en la vereda, los
regresos;
destilando la saliva de
palabras,
ahogándote en los pétalos
muertos.
Abriste la fractura de mi
pecho
como aplastando un piano
entre las manos,
negaste la manzana negra que
crecía,
mirándote en un espejo viejo.
Vaciaste los jarrones de la
mesa,
embriagada tu mirada de
distancia,
amputaste las manos
ofrecidas,
durmiéndote en la memoria
deshojada.
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