La sopa nos esperaba a todos,
servida en la porcelana
en el medio del mesón.
Tenía el aroma de la verdura
entre sus manos de trabajo.
Humeaba en mi idioma.
Me inundaba la boca con su
mar.
El ámbar se quebraba,
con los remolinos de queso,
caprichosos de la noche fría.
Componía cansonetas
para alimentar mi substancia,
liberando mi suspiro de
albahaca.
Con la próxima
cucharada,
nada volvía a ser.
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