Llegaste cansado,
te pesaba el bolso con la
carga del día.
Me regalaste,
casi contento, dos higos.
Los acomodaste en el cuenco,
con apurado cuidado,
ya casi estaban oscuros,
manchados, violáceos.
Apenas descubrí
la ternura de la carne,
hundiendo mi índice,
sentencié el postre para la
cena.
Tantas recetas podría
haber hecho Lala- pensé.
Yo solo quería
morder el dulzor morado
y sentir el crujir de las
semillitas
…eso me encanta
y vos lo sabés.
No sé agradecer
los pequeños placeres que me
das,
a veces , solo callo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario