Me gusta que te recuestes a
mi lado
justo antes de servir la cena
esperando juntos, el murmullo
de la cacerola.
Me gusta tu intento de
ovillito,
tu inmensidad,
buscando el calor de mi
derecha.
El hueco de mi hombro
es almohada de tu nuca,
y pienso-¿quién pondrá la
mesa?-.
Entonces, me sorprende la
sensación
de tu nariz fría, que
encuentra el lugar perfecto
justo debajo del lóbulo de mi
oreja.
Me da cosquillas, y nos
reímos juntos,
ninguno de los dos prendió el
fuego de la cocina.
Y nos seguimos riendo.
Poético blog, te animo a continuar. Saludos.
ResponderEliminarMuchas Gracias Jorge.
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